2 de enero de 2012

DE BÁRBAROS Y SEPIAS


Los vikingos utilizaban unos cristales mágicos “solarsteinn” para navegar, que les guiaban para encontrar el rumbo adecuado en sus intrépidas travesías en barco. Las leyendas vikingas hablan de dicha “piedra solar”, como una piedra mágica que cuando se elevaba hacia el cielo descubría la posición del Sol, incluso en los días nublados y con escasa visibilidad. Aunque en le época pudiera parecer obra de magia, en la actualidad se conoce cuál es el principio científico que lo respalda.

Los vikingos no podían utilizar las estrellas como guía para determinar su posición porque en los largos meses del verano boreal en las proximidades del Polo Norte hay luz diurna perpetua. Y la brújula no había hecho aún acto de presencia en Europa, habría que esperar hasta el 1190 para hallar las primeras pruebas de su existencia. De este modo la “piedra solar” se convirtió en una importante ayuda en sus viajes oceánicos a Islandia y Groenlandia.

Investigaciones recientes han descubierto que la “piedra solar” podría no ser más que fragmentos de una forma transparente de la calcita. Un mineral muy común en Escandinavia. La calcita al ser un cristal polarizado permite el paso de la luz solo cuando está orientado en determinadas direcciones, y puede cambiar su apariencia desde una brillante luminosidad hasta la oscuridad dependiendo de su orientación respecto a la luz. Esto se debe a que la luz, realmente está formada por la contribución de un campo magnético y otro eléctrico que oscila de forma perpendicular al primero. La luz se puede polarizar cuando el campo eléctrico de todas las partículas oscila siguiendo siempre una misma dirección. La luz que emite el Sol no se encuentra polarizada porque cada fotón tiene su campo eléctrico oscilando en una dirección distinta. Pero al alcanzar la atmósfera, choca contra las moléculas del aire, las cargas de estas vibran en la dirección perpendicular al rayo y emiten un haz de luz polarizada.

De este modo, al mirar al cielo con un cristal de calcita en la dirección perpendicular a la posición del Sol, esta brilla. Así aprendieron los vikingos a determinar la posición del Sol, cuando este quedaba oculto tras las nubes. Sin duda, impresiona la capacidad de la inteligencia del ser humano para detectar relaciones aparentemente  imposibles. Aunque utilizar la luz polarizada no es realmente algo que la naturaleza no haya aprovechado antes.

Las abejas utilizan el mismo sistema para orientarse en los días nublados. Sus ojos son capaces de percibir la polarización de la luz lo que les sirve de guía. Y no solo los habitantes de la superficie terrestre exhiben estas extraordinarias dotes, bajo las aguas de los océanos las sepias, pulpos y demás cefalópodos hacen gala de un uso intensivo de la “mágica” luz polarizada. Las sepias se ven obligadas frecuentemente a cazar presas que son semitransparentes, y ello, en entornos de muy baja luminosidad. Pero, gracias a que sus ojos están capacitados para captar la luz polarizada, logran percibir mayor contraste entre su presa y el fondo oceánico lo que convierte a sus presas en detectables. Con el tiempo la peculiar visión de la sepia, creada para la caza, les ha permitido generar un sistema de comunicación entre miembros de su especie que bien valdría para escribir una novela de espías. 

En este caso nos encontramos con la Sepia officinalis, cuya piel de color uniforme no nos trasmite ninguna información a simple vista, pero la cosa cambia cuando la observamos mediante luz polarizada. Constantes cambios de tonalidad les permite transmitir información entre los miembros de su especie.

Sepia Officinalis
En resumen, hemos comprobado cómo dos sistemas de gestión de la información muy diferentes, la inteligencia de ser humano y los genes (de la abeja), han logrado identificar un patrón de regularidad en el entorno percibido, el comportamiento de la luz polarizada, y los dos han hallado el modo práctico de utilizarlo (determinar la posición del Sol en los días nublados). Primero lo hicieron los genes de la abeja mediante un largo proceso de evolución en el que intervino el ADN como gestor de la información. Y después apareció el hombre, que con su inteligencia supo capta esta misma propiedad en los cristales de calcita, utilizandola primero de una forma indirecta por sus efectos refulgentes sobre cristales polarizadores y después, con el pleno entendimiento que permite la ciencia. 

Vemos, como corolario final, que la inteligencia gestiona la misma información que los genes, pero a mucha mayor velocidad.

Para profundizar sobre este y otros temas pueden consultar el libro ORIGEN.

No hay comentarios: